Impuestos Bajo Una Mirada Global

Por Juan Ignacio Eyzaguirre. El nuevo Congreso deberá sopesar la realidad y buscar un consenso para una necesaria simplificación de la Reforma Tributaria, pero también abrir una discusión en torno a impuestos competitivos a escala global, considerando nuestra realidad frente a países desarrollados.

Polémica generaron los informes de la OCDE y del Banco Mundial. El primero, recordando la baja diversificación de nuestra economía. El segundo, por la ya

desmentida manipulación del Doing Business. Más allá de payasadas y diagnósticos, ambos casos tocan un punto relevante: nuestra competitividad global.

Ricardo Hausmann y César Hidalgo, académicos de Harvard y el MIT, plantean que la complejidad de las economías predice su potencial de desarrollo. Pues una múltiple capacidad de producción habilita el desarrollo de nuevos productos. En sus mediciones, Chile califica mal. Economistas de todo el espectro político convienen en las ventajas de una mayor diversificación.

Para agregar nuevos productos se requieren personas y empresas que sepan proveerlos. Hay que atraer cerebros y manos expertas, sugiere Hausmann, además de capital.

Pero no es fácil.

La competencia global por capital, talento y empleo se ha intensificado. Los tres factores convergen en una ecuación poderosa: los retornos atraen capital; el capital trae oportunidades y cautiva al talento; juntos crean empleos que se transforman en votos.

América Primero de Trump consiste en eso. Expandir el empleo y los salarios a toda costa. No sólo con una drástica reducción de impuestos -35% a 21%-, también con políticas poco heterodoxas.

Cuando los aviones C-Series de la canadiense Bombardier amenazaron empleos de la estadounidense Boeing, Trump impuso aranceles de 220%. Y hoy, evalúa aranceles a la importación de acero, aluminio, lavadoras y paneles solares. Además, ha bloqueado decenas de intentos chinos para adquirir empresas estadounidenses. En Europa no es muy distinto. La discriminación por “contenido local” entre los proveedores de grandes empresas es prevalente.

En la geopolítica mundial, el poder político está protegiendo el alza de sus campeones globales. En EEUU, 20 empresas representan más del 20% del PIB; mientras en 1954 las 60 más grandes no llegaban a esa cifra. China sigue con fuerza ese curso: en 2015 empujó la fusión de las dos principales empresas de trenes, creando al gigante CRRC que cuadruplica a sus competidores occidentales. Esta amenaza gatilló una fusión impensable entre la francesa Alstom y la alemana Siemens, bajo control alemán, doblegando arraigados nacionalismos franceses además de aprensiones antimonopolio.

Estas grandes empresas juegan un rol preponderante en el progreso o fracaso de países y ciudades. Elocuente es la bullada competencia entre ciudades que buscan el favor de Jeff Bezos para ubicar el segundo headquarter de Amazon. Para los que miran con ojos tristes la alicaída investigación y desarrollo nacional (0,4% PIB): 25 empresas invierten en I&D más que toda la economía chilena. El primero, Amazon con más de US$20.000 millones.

En esta sanguinaria competencia global nadie nos regalará nada. Nuestro mercado es pequeño. Políticamente casi insignificante. Estamos donde el diablo perdió el poncho. Nuestra fuerza laboral dista en educación con el mundo desarrollado. Y el Estado está lejos de ser moderno. Por ello, si de verdad deseamos llevar al país a un camino de progreso, debemos utilizar cada recurso disponible para ser un destino productivo atractivo.

Una de las medidas más rápidas y efectivas son los impuestos. Trump y Macron no tardaron ni un año en rebajarlos de 35% a 21% y de 33,3% a 25%, respectivamente. Apple acaba de anunciar US$30.000 millones de inversión para expandir sus operaciones estadounidenses.

“You are pricing yourselves out of the market”, me dijo un amigo gringo, refiriéndose a nuestros tributos.

Bajo una mirada económica, los impuestos se pagan con alzas de precios, rebajas de salarios y/o menores retornos a los accionistas. De los tres, el más escurridizo es el capital. Cuando los retornos no están ahí, simplemente desaparece. Pero cuando existen, rápidamente se acumula levantando proyectos de inversión. Y en el mercado global, los precios son un dato. Así los impuestos últimamente se pagan con los salarios de los trabajadores.

John Cochrane, economista de Chicago, observa que no hay una correlación entre el nivel de impuestos y los retornos financieros. Gregory Mankiw, profesor de Harvard, explica que, para un sistema como el chileno, cada peso de reducción de impuestos empresariales incrementará los salarios más de peso y medio. Si volviésemos al sistema pre-Arenas, el salario promedio aumentaría más de $65.000 mensuales (+10%). De hecho, tras la rebaja en EEUU, Walmart y Chrysler anunciaron un aumento de sueldos.

El problema de los impuestos altos es que dejan poco espacio para (i) los retornos del capital, (ii) salarios y capacitación de trabajadores expertos y (iii) precios competitivos. Cuando no se cumple con alguna de las tres condiciones anteriores, simplemente no hay proyecto. No hay diversificación. Ni tampoco progreso.

El nuevo Congreso deberá sopesar estos puntos y buscar un consenso para una necesaria simplificación de la Reforma Tributaria, pero también abrir una discusión en torno a impuestos competitivos a escala global, considerando nuestra realidad frente a países desarrollados. Este esfuerzo debe sumarse a los de fortalecimiento institucional, seguridad ciudadana, modernización del Estado y mejoras educacionales. Sin un fuerte compromiso con todos estos elementos, incluyendo los impuestos, el progreso se nos mantendrá esquivo y lejano en el horizonte.

*El autor es ingeniero civil PUC y MBA-MPA Harvard (@jieyzaguirre).

FUENTE:
www.pulso.cl

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